¿Cómo sabes lo que sabes?
La epistemología parece una palabra reservada para filósofos, pero contiene una pregunta que todos utilizamos:
¿Cómo sabes lo que sabes?
No qué crees.
No quién te lo contó.
No cuánto confías en esa persona o en el grupo al que pertenece.
¿Cómo has llegado a saberlo?
La pregunta sirve para una afirmación científica, una noticia, una terapia, una experiencia espiritual o una conversación familiar. También para este artículo.
Puede resultar incómoda porque nos obliga a separar cosas que normalmente mantenemos unidas: lo que hemos observado, la interpretación que hacemos y el grado de seguridad con el que defendemos la conclusión.
No todo lo que sabemos lo hemos comprobado personalmente. Sería imposible vivir así. Confiamos en médicos, ingenieros, profesores, periodistas, historiadores y miles de personas a las que nunca conoceremos.
El problema no es confiar.
El problema aparece cuando no podemos explicar por qué una afirmación merece nuestra confianza y otra no.
No basta con haberlo vivido
Una experiencia puede ser completamente real y su interpretación estar equivocada.
Alguien puede sentir que una terapia le ha ayudado. Puede dormir mejor, tener menos ansiedad o recuperar la esperanza. Negar esa experiencia sería absurdo.
Lo que todavía no sabemos es por qué ocurrió.
Quizá funcionó el tratamiento.
Quizá ayudó sentirse escuchado.
Quizá el problema habría mejorado igualmente.
Quizá cambió alguna otra parte de su vida.
Quizá la mejoría fue real, pero temporal.
Quizá varias cosas sucedieron al mismo tiempo.
La persona no está mintiendo cuando dice que se siente mejor. Sin embargo, de su mejoría no podemos concluir automáticamente que la explicación ofrecida por el terapeuta o por su comunidad sea correcta.
Una experiencia demuestra que alguien vivió algo.
No demuestra necesariamente por qué lo vivió.
Esta distinción es importante porque muchas propuestas extraordinarias se apoyan en testimonios sinceros. Personas que cuentan lo que sintieron, lo que vieron o cómo cambió su vida.
El testimonio puede ser valioso. Puede incluso señalar algo que merece investigarse.
Pero sigue siendo el principio de una pregunta, no siempre su respuesta.
Dos maneras de proteger una idea
Cuando una explicación entra en contacto con la realidad pueden suceder dos cosas.
Podemos exponerla a la posibilidad de estar equivocada.
O podemos protegerla.
Exponerla significa formularla con suficiente claridad para poder comprobarla. Significa aceptar que determinadas observaciones podrían obligarnos a corregirla o abandonarla.
Protegerla consiste en añadir una explicación nueva cada vez que algo la contradice.
Si una práctica produce resultados, funciona.
Si no produce resultados, la persona no creyó lo suficiente.
Si alguien siente algo, demuestra que la energía se ha movido.
Si no siente nada, está bloqueado.
Si un antiguo miembro critica al grupo, confirma que nunca comprendió la enseñanza.
Si un experto contradice la doctrina, demuestra que las instituciones temen la verdad.
De este modo, la idea puede sobrevivir a cualquier resultado.
Parece fuerte porque nada consigue derribarla. En realidad es tan frágil que no puede permitirse ninguna prueba real.
Una explicación que sirve igualmente para predecir una cosa y su contraria no explica demasiado.
La ciencia no es una colección de certezas
A veces se presenta la ciencia como una institución que entrega verdades definitivas desde una posición de superioridad.
No funciona así.
La ciencia es una forma organizada de reducir errores. No elimina la ambición, los prejuicios, los intereses económicos o el deseo de tener razón. Los científicos siguen siendo personas y pueden mentir, equivocarse, proteger su reputación o enamorarse de sus propias ideas.
La diferencia se encuentra en que el conocimiento científico intenta no depender únicamente de la virtud personal de quien investiga.
El procedimiento se describe.
Los datos se examinan.
Los cálculos pueden revisarse.
Otros investigadores intentan obtener resultados compatibles.
Se discuten las limitaciones.
Los errores pueden encontrarse después de la publicación.
Una afirmación adquiere fuerza no porque proceda de alguien incapaz de equivocarse, sino porque ha quedado expuesta a personas interesadas en descubrir si está equivocada.
Por supuesto, este proceso no siempre funciona bien. Existen estudios deficientes, resultados que no se replican, revistas que prefieren hallazgos llamativos e instituciones que tardan demasiado en reconocer sus errores.
Pero incluso conocemos esos problemas porque la propia actividad científica puede estudiarse y criticarse.
La ciencia no resulta fiable porque nunca falle.
Resulta valiosa porque sus fallos pueden convertirse en información pública y obligarla a corregirse.
Cambiar de opinión no es una derrota
Cuando una disciplina modifica una explicación, algunas personas lo interpretan como una prueba de que nunca supo nada.
“Antes decían una cosa y ahora dicen otra.”
Es cierto.
A veces aparecen mejores datos, instrumentos más precisos o explicaciones capaces de resolver problemas que las anteriores no resolvían.
Eso no demuestra necesariamente que todo el conocimiento previo fuera inútil. Puede significar que su alcance era limitado.
Un mapa antiguo puede contener errores y seguir siendo mejor que caminar sin mapa. Un mapa nuevo no demuestra que la geografía sea una mentira. Demuestra que hemos medido mejor el terreno.
El conocimiento serio debe poder cambiar.
La alternativa sería mantener una afirmación incluso después de descubrir que no describe correctamente la realidad.
Por eso conviene desconfiar de quien convierte el hecho de no rectificar jamás en una prueba de autoridad.
Puede que no posea una verdad eterna.
Puede que simplemente haya construido un sistema que no permite corregirlo.
La ciencia se pone en peligro
Una idea científica debe arriesgar algo.
Si afirmamos que un fenómeno aparecerá bajo unas condiciones concretas, aceptamos que alguien reproduzca esas condiciones y compruebe qué sucede.
Puede que el resultado coincida.
Puede que no.
Puede que descubramos que el efecto solo aparece en determinadas circunstancias. Puede que el experimento original contuviera un error. También puede ocurrir que una repetición falle por razones que todavía no comprendemos.
La investigación real es más compleja que la idea simplificada de hacer un experimento una vez y obtener una verdad definitiva.
Pero conserva un principio esencial: la afirmación debe entrar en contacto con observaciones que no controla quien la propone.
Debe exponerse.
Un conocimiento semisecreto funciona de otra manera.
Quizá solo pueda acceder a él quien haya alcanzado cierta conciencia. Tal vez necesite una iniciación, un retiro, un curso avanzado o la aprobación de la comunidad. Si alguien desde fuera intenta comprobarlo y no obtiene resultados, esa persona carece del desarrollo necesario.
Así, el fracaso nunca alcanza a la afirmación.
Solo a quien la pone a prueba.
Las matemáticas no necesitan iluminación
Las matemáticas constituyen un lenguaje extraordinariamente útil porque permiten expresar relaciones con precisión.
Un niño y un premio Nobel no dominan el mismo nivel de ese lenguaje. Uno puede estar aprendiendo a dividir y el otro trabajando con estructuras que requieren décadas de formación.
Pero las reglas no cambian según quién hable.
Una suma no es verdadera porque la escriba una persona prestigiosa. Puede comprobarla alguien que posea los conocimientos necesarios.
Una demostración avanzada quizá sea incomprensible para la mayoría de nosotros. Sin embargo, existe un recorrido público para aprender a entenderla. Podemos estudiar los conceptos previos, seguir las operaciones e identificar en qué paso no estamos de acuerdo.
El especialista puede decirnos:
“Todavía te faltan conocimientos para comprender esto”.
Lo que también debería poder mostrarnos es qué conocimientos faltan.
No necesita decir:
“Cuando alcances mi nivel de conciencia, sabrás que tengo razón”.
La dificultad no convierte un conocimiento en secreto.
Tampoco hace que todas las opiniones tengan el mismo valor. Haber empezado a estudiar matemáticas no nos permite corregir alegremente a alguien que ha dedicado treinta años a ellas.
Pero su autoridad no procede de una iluminación inaccesible.
Procede de una competencia que puede demostrarse dentro de un lenguaje compartido.
La física cuántica no significa que todo sea posible
La física cuántica describe fenómenos que contradicen muchas de nuestras intuiciones cotidianas.
La materia, en escalas muy pequeñas, no se comporta como los objetos que vemos a nuestro alrededor. La teoría incluye probabilidades, estados superpuestos, relaciones entre partículas y efectos que resultaron extraordinariamente difíciles de aceptar incluso para grandes físicos.
Pero no conocemos esos fenómenos porque alguien los sintiera durante una meditación.
Los conocemos porque se formularon matemáticamente, produjeron predicciones y esas predicciones pudieron enfrentarse a experimentos.
La física cuántica es extraña.
No es arbitraria.
Sus resultados han permitido desarrollar tecnologías reales. Los relojes atómicos, los semiconductores, los láseres y muchas técnicas de medición no funcionan gracias a una metáfora sobre la conciencia. Funcionan porque la teoría permite realizar cálculos extraordinariamente precisos.
Por eso resulta paradójico utilizar el prestigio de la física cuántica para justificar una afirmación que no presenta ecuaciones, mediciones ni predicciones comprobables.
Se toma una palabra científica y se utiliza con otro significado.
“Energía” deja de referirse a una magnitud que puede medirse.
“Frecuencia” deja de indicar la repetición de un fenómeno por unidad de tiempo.
“Observador” se convierte en una mente capaz de fabricar cualquier realidad que desea.
“Cuántico” termina significando misterioso, profundo o todavía no explicado.
Utilizar una palabra como metáfora no tiene nada de malo. Podemos hablar de la energía de una habitación o de estar en la misma frecuencia que otra persona. Todos entendemos que no estamos realizando una medición física.
El problema aparece cuando la metáfora se presenta como una demostración científica.
No puedes utilizar la física cuántica como autoridad y despreciar al mismo tiempo las reglas con las que llegamos a conocerla.
Que la realidad sea más extraña de lo que imaginábamos no significa que cualquier cosa que imaginemos sea real.
No siempre hay un líder
Cuando pensamos en un grupo cerrado, imaginamos fácilmente a un líder carismático.
Una persona que afirma poseer un conocimiento especial, establece las reglas, interpreta cualquier acontecimiento y recibe obediencia de los miembros.
Ese modelo continúa existiendo.
Pero no es el único.
Cada vez encontramos más comunidades en las que nadie parece mandar. No hay un maestro único, una sede ni una estructura formal. Puede ser simplemente un grupo de WhatsApp, un canal de Telegram o una comunidad digital formada alrededor de varios creadores, terapeutas, divulgadores o miembros veteranos.
Sin embargo, que no exista una cabeza visible no significa que no exista autoridad.
El propio grupo puede convertirse en el líder.
Los participantes aprenden qué opiniones reciben aprobación, cuáles producen silencio y cuáles provocan una corrección colectiva. Nadie necesita ordenar directamente lo que debe pensarse. Las reacciones de la comunidad van marcando los límites.
Una persona comparte una duda y varios miembros responden utilizando el mismo vocabulario.
Alguien contradice una idea importante y el grupo deja de prestarle atención.
Un participante defiende la interpretación aceptada y recibe reconocimiento.
Otro propone una explicación diferente y comienza a ser tratado como alguien confundido, negativo o poco evolucionado.
La doctrina puede surgir de manera aparentemente espontánea y, aun así, terminar siendo difícil de cuestionar.
Además, la ausencia de un líder claro ofrece una protección adicional.
Nadie se siente responsable.
Cada miembro puede decir que solo está expresando su opinión. Pero el efecto conjunto es una autoridad distribuida que premia la conformidad y penaliza el desacuerdo.
No hace falta que alguien diga:
“Aquí se piensa así”.
Basta con que todos sepan qué sucede cuando alguien piensa de otra manera.
El conocimiento secreto concede estatus
Una idea difícil puede generar admiración.
Una idea que solo algunos aseguran comprender puede generar jerarquía.
En determinados grupos, el conocimiento no se utiliza principalmente para explicar mejor la realidad. Se utiliza para distinguir entre quienes han despertado y quienes todavía no pueden entender.
Cada nuevo nivel incorpora conceptos más complejos, vocabulario propio y explicaciones más amplias. El miembro no solo aprende algo. También asciende dentro de una clasificación.
Ya no es como la mayoría.
Sabe lo que otros ignoran.
Comprende las fuerzas ocultas.
Ha escapado de la programación.
Esta sensación puede ser enormemente agradable, especialmente cuando una persona no encuentra reconocimiento o pertenencia en otros espacios de su vida.
Y tampoco necesita existir un líder que reparta oficialmente los rangos.
Los propios miembros pueden otorgarse autoridad unos a otros. Una persona consigue prestigio porque lleva más tiempo, ha realizado más cursos, conoce mejor el vocabulario o demuestra mayor seguridad al interpretar lo que sucede.
Otra obtiene reconocimiento porque comparte información supuestamente secreta.
Una tercera se convierte en referencia porque siempre sabe cómo debe entenderse cualquier acontecimiento.
Se crea así una jerarquía informal.
Nadie posee un cargo, pero todos reconocen quién puede corregir y quién debe dejarse corregir.
El problema aparece cuando el estatus sustituye a la comprobación.
La pregunta deja de ser si la explicación funciona.
Pasa a ser quién posee el nivel necesario para comprenderla.
Entonces, cuando alguien formula una objeción sencilla, no se responde a la objeción. Se le coloca en una categoría inferior.
“No estás preparado.”
“Sigues pensando desde el ego.”
“Eso no se puede entender racionalmente.”
“Ya lo comprenderás cuando avances.”
Quizá algunas experiencias humanas sean difíciles de expresar. No todo lo importante puede reducirse a una ecuación.
Pero cuando una afirmación pretende describir cómo funciona el mundo físico, curar una enfermedad o producir un resultado observable, debe aceptar preguntas que vayan más allá de la autoridad de quien la pronuncia o de la aprobación del grupo que la comparte.
¿Qué afirmáis exactamente?
Esta es una de las preguntas que más incomodan a los sistemas cerrados.
No porque sea agresiva, sino porque obliga a abandonar la niebla.
¿Qué significa que algo “eleva la frecuencia”?
¿Qué cambia exactamente?
¿Cómo se reconoce?
¿Qué diferencia habría entre que hubiera sucedido y que no?
¿Durante cuánto tiempo debería durar el efecto?
Las afirmaciones vagas poseen una ventaja: siempre pueden reinterpretarse después.
Si no sabemos con precisión qué se prometió, tampoco podemos comprobar si se cumplió.
Pedir una definición no es cerrarse a una posibilidad.
Es intentar comprender qué posibilidad se está proponiendo.
¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?
No basta con saber quién lo dijo ni con comprobar que muchas personas del grupo lo repiten.
Necesitamos conocer el recorrido.
¿Se trata de una observación, un experimento, una deducción, una tradición, una intuición o una experiencia personal?
Cada una puede tener valor, pero no demuestra lo mismo.
Una intuición puede ayudarnos a formular una hipótesis.
Una experiencia personal puede abrir una investigación.
Una tradición puede conservar conocimientos útiles.
Pero ninguna queda automáticamente protegida del error.
La pregunta importante es cómo pasamos desde aquello que ocurrió hasta la explicación que defendemos.
En ese trayecto suelen esconderse las suposiciones.
También conviene observar de dónde procede realmente la información. En una comunidad digital, una afirmación puede aparecer en muchos mensajes, vídeos y audios diferentes.
Parece que varias fuentes han llegado a la misma conclusión.
Pero quizá todos estén repitiendo una interpretación que comenzó en una única publicación.
Cuando veinte miembros repiten la misma explicación, puede parecer que tenemos veinte confirmaciones.
Quizá solo tenemos una idea circulando entre veinte personas.
¿Podría comprobarlo alguien que no pertenece al grupo?
Si un fenómeno existe fuera de nuestras expectativas, debería poder dejar alguna señal fuera de ellas.
No todos los efectos son fáciles de estudiar. Hay experiencias subjetivas, acontecimientos poco frecuentes y fenómenos cuya medición plantea dificultades reales.
Aun así, la pregunta continúa siendo válida.
¿Puede observarlo alguien que no haya pagado el curso?
¿Podría obtener el mismo resultado una persona que no conoce al supuesto experto ni pertenece a la comunidad?
¿Se mantiene el efecto cuando quien evalúa los resultados no comparte las creencias del grupo?
¿O solo funciona en las condiciones que sus miembros consideran correctas?
El acuerdo interno no equivale necesariamente a una confirmación independiente. Las personas hablan entre ellas, comparten expectativas y aprenden a interpretar sus experiencias con el mismo vocabulario.
El grupo puede estar describiendo algo real.
Pero, si quiere convertirlo en una afirmación sobre el mundo, debe permitir que el mundo participe en la prueba.
¿Qué demostraría que estáis equivocados?
Esta es probablemente la pregunta central.
No afirma que estén equivocados.
Pregunta si existe esa posibilidad.
¿Qué resultado obligaría al grupo a revisar la teoría?
Si la respuesta es ninguno, tenemos un problema.
Si una mejoría confirma el método y un empeoramiento demuestra que está removiendo algo profundo, no hay resultado que pueda cuestionarlo.
Si encontrar pruebas confirma la conspiración y no encontrarlas demuestra la eficacia del encubrimiento, la conclusión ya no depende de las pruebas.
Si creer demuestra que alguien ha despertado y dudar confirma que sigue programado, la comunidad no está investigando lo que esa persona piensa.
Está clasificando su obediencia.
Una idea que no puede perder tampoco puede ganar honestamente.
¿Se ha repetido fuera de vuestro entorno?
Varias personas pueden contar experiencias similares y estar siendo sinceras.
La cuestión es si esas experiencias se mantienen bajo condiciones diferentes y con observadores independientes.
¿Han obtenido resultados compatibles otros equipos?
¿Utilizaron sus propios datos?
¿Explicaron claramente el procedimiento?
¿Se publicaron también los resultados que no coincidían?
Reproducir y replicar una investigación no son operaciones idénticas, pero ambas intentan averiguar si un resultado depende de una circunstancia particular, de un análisis concreto o de la persona que lo obtuvo.
No siempre una falta de replicación demuestra que el fenómeno no exista. Puede revelar diferencias importantes entre las condiciones de los estudios.
Pero al menos abre la explicación a un examen que no controla su creador ni la comunidad que la defiende.
El conocimiento deja de pertenecerles.
¿Por qué el fracaso siempre se atribuye a la persona?
Cuando una máquina falla repetidamente, examinamos la máquina.
Cuando un medicamento no produce el resultado esperado, estudiamos el tratamiento, la dosis, el diagnóstico y las características de los pacientes.
¿Por qué algunas prácticas responsabilizan sistemáticamente a quien las recibe?
No has creído.
No te has entregado.
Tu ego se resiste.
Tu energía está bloqueada.
Todavía no estás preparado.
Es posible que la participación de una persona influya en ciertos resultados. Una terapia psicológica requiere colaboración. Aprender una habilidad exige práctica. Ningún método funciona igual para todo el mundo.
Pero eso no autoriza a convertir cada fracaso en una falta moral o espiritual del participante.
Un método honesto debe poder reconocer sus límites.
Un líder honesto debería poder hacerlo.
Y una comunidad honesta también.
Cualquier grupo que exige a sus miembros una revisión constante debería ser capaz de considerar una posibilidad sencilla:
Quizá el problema no sea la persona.
Quizá el método no funciona.
¿La autoridad soporta las preguntas que dirige hacia fuera?
Algunos grupos se presentan como espacios de pensamiento crítico.
Enseñan a desconfiar de gobiernos, universidades, médicos, medios de comunicación, empresas y expertos. Piden analizar los intereses económicos, las contradicciones y las relaciones de poder.
Todo eso puede ser razonable.
La prueba llega cuando aplicamos esas mismas preguntas hacia dentro.
Si existe un líder, ¿puede cuestionarse su versión?
Y si no existe, ¿pueden cuestionarse las ideas centrales del grupo sin que todos reaccionen como si hubiera ocurrido una traición?
¿De qué viven quienes poseen mayor estatus?
¿Quién comprueba sus afirmaciones?
¿Se reconocen públicamente los errores?
¿Pueden discutirse las decisiones de los administradores, los miembros veteranos o las personas más influyentes?
¿Puede alguien decir que una práctica no le ha funcionado sin ser responsabilizado por ello?
¿Es posible contradecir la interpretación colectiva sin perder posición dentro de la comunidad?
Un líder que enseña a cuestionar toda autoridad, pero considera una traición que lo cuestionen, no está enseñando pensamiento crítico.
Y un grupo que afirma no tener líderes, pero castiga colectivamente cualquier desviación, tampoco carece de autoridad.
Simplemente la ha repartido entre sus miembros.
¿Quién decide lo que puede pensarse?
En una estructura tradicional, resulta sencillo identificar quién manda.
En una comunidad aparentemente horizontal, el poder puede ser más difícil de localizar.
Quizá nadie prohíba expresamente una opinión.
Pero determinadas opiniones reciben aprobación inmediata y otras son recibidas con silencios, bromas, correcciones o acusaciones de estar contaminando el ambiente.
No existe una norma escrita.
Existe una consecuencia social.
Por eso podemos observar quién tiene permitido definir lo que está ocurriendo.
¿Quién interpreta los conflictos?
¿Quién decide qué información merece confianza?
¿Quién puede cometer errores sin perder estatus?
¿Quién tiene autoridad para decir que otra persona todavía no comprende?
¿Quién puede expresar una duda sin tener que justificarse?
No siempre encontraremos un nombre.
A veces la respuesta será: todos y nadie.
Todos participan en la presión y nadie se considera responsable de ella.
La ausencia de un líder no elimina el control. Puede hacerlo menos visible.
¿Qué sucede con quienes discrepan o se marchan?
La manera en que una comunidad trata a quien discrepa revela más que todo lo que dice sobre la libertad.
No hace falta abandonar físicamente el grupo.
Puede bastar con dejar de participar durante un tiempo, cuestionar una afirmación importante, rechazar un curso o mantener una relación con alguien que la comunidad desaprueba.
Un grupo sano puede discutir, considerar que esa persona se equivoca o lamentar que se aleje.
Pero no necesita destruir su reputación.
Si todos los que discrepan son descritos como resentidos, débiles, peligrosos, manipulados o incapaces de comprender, la comunidad está enviando una advertencia.
No solo explica lo que les ocurrió a otros.
Anticipa lo que le ocurrirá a cualquiera que algún día piense de forma diferente.
Por eso no basta con preguntar:
“¿Puedes marcharte?”
También conviene preguntar:
“¿Puedes seguir dentro y no estar de acuerdo?”
La puerta puede estar abierta.
Lo importante es conocer el precio de atravesarla y el precio de permanecer dentro conservando un criterio propio.
¿Tenéis permitido decir “no lo sé”?
No saber produce incomodidad.
Queremos comprender por qué enfermamos, por qué sufrimos, qué piensa otra persona, qué ocurrirá después de morir o por qué el mundo es injusto.
Una explicación puede calmarnos incluso cuando no es correcta.
Por eso “no lo sé” no es una frase vacía.
A veces es la respuesta más honesta disponible.
No significa que debamos abandonar la búsqueda. Significa que no vamos a rellenar inmediatamente el vacío con la primera historia capaz de tranquilizarnos.
Cuando una persona tiene respuestas definitivas para la enfermedad, el amor, el dinero, la política, la conciencia, la muerte y el origen del universo, quizá haya descubierto una teoría extraordinaria.
Cuando un grupo responde colectivamente a todas esas preguntas, también podría estar construyendo una certeza compartida que ninguno de sus miembros habría sostenido por separado.
Quizá sepan algo que merece escucharse.
O quizá soporten peor que los demás la incertidumbre.
Una forma de conocimiento seria debe poder decir hasta dónde llega.
Y dónde termina.
Cómo hacer estas preguntas sin cerrar la conversación
Estas preguntas pueden convertirse también en un arma.
Podemos utilizarlas para humillar, demostrar superioridad o conseguir que alguien admita delante de nosotros que ha sido engañado.
Eso rara vez ayuda.
Cuando una persona pertenece a un grupo cerrado no defiende únicamente unas ideas. Defiende a sus amigos, las decisiones que ha tomado, el dinero invertido y una identidad que quizá le ha devuelto sentido y pertenencia.
Si entramos con una lista de veinte preguntas, escuchará un interrogatorio.
Si comenzamos diciendo que vamos a demostrarle que está dentro de una secta, se preparará para defenderse.
Puede ser más útil escoger una sola pregunta.
Hacerla sin sarcasmo.
Escuchar la respuesta.
Y no correr a rellenar el silencio.
“¿Qué tendría que suceder para que tu líder o vuestro grupo reconocieran que esa explicación puede estar equivocada?”
“¿Por qué cuando algo no funciona la responsabilidad nunca puede ser del método o de la comunidad?”
“¿Podría comprobarse sin que estuvieran presentes quienes ya creen en ello?”
“¿Puedes cuestionar una idea importante dentro del grupo sin que cambie la forma en que te tratan?”
“¿Quién tiene permitido decir que algo es falso?”
“¿Puede una persona tener razón frente a todo el grupo?”
Y, si se trata de una comunidad que afirma no tener jerarquías:
“Si vuestro grupo no tiene líderes, ¿qué ocurre cuando alguien no acepta lo que piensa la mayoría?”
No hace falta ganar la conversación.
La pregunta puede permanecer en la cabeza de la persona y reaparecer cuando una promesa vuelva a incumplirse, cuando alguien sea castigado por disentir o cuando el grupo transforme otra duda en una deficiencia personal.
A veces el pensamiento crítico no comienza con una respuesta.
Comienza con una pregunta que ya no conseguimos dejar de escuchar.
Una presión sin autor continúa siendo presión
Es fácil desconfiar de un líder porque podemos señalarlo.
Vemos quién habla, quién decide y quién se beneficia.
Resulta más difícil reconocer el poder cuando está repartido entre muchas personas y cada una parece limitarse a expresar su opinión.
Un miembro recomienda guardar silencio.
Otro explica que la duda procede del miedo.
Un tercero recuerda todo lo que el grupo ha hecho por la persona.
Alguien deja de contestar sus mensajes.
Los demás observan y aprenden.
Ninguno de esos actos parece suficiente para hablar de control. Pero, juntos, pueden conseguir que una persona abandone una pregunta legítima para recuperar la aceptación de la comunidad.
La autoridad distribuida posee otra característica: puede actuar sin reconocerse a sí misma.
Cada miembro siente que está protegiendo el ambiente, cuidando al grupo o ayudando a alguien que se ha desviado.
Nadie cree estar castigando.
Pero la persona castigada recibe el mensaje.
Una presión sin autor conocido continúa siendo presión.
El mismo criterio para todos
No tenemos que creer una afirmación porque proceda de una institución respetada.
Tampoco tenemos que rechazarla por esa razón.
No tenemos que aceptar lo que diga un científico únicamente porque tenga títulos.
Pero tampoco debemos conceder más credibilidad a una persona o comunidad sin formación solo porque se presenta como valiente y perseguida.
Podemos observar el método.
¿Qué afirma?
¿Qué pruebas presenta?
¿Qué otras explicaciones podrían producir el mismo resultado?
¿Qué límites reconoce?
¿Quién puede comprobarlo?
¿Qué dato obligaría a cambiar la conclusión?
El pensamiento crítico no consiste en desconfiar más.
Consiste en desconfiar mejor.
Aplica criterios parecidos a las afirmaciones que te agradan y a las que te incomodan. Examina al poder establecido, pero también a quien pretende sustituirlo. Pide pruebas a la institución, a su enemigo, al líder y al grupo que asegura no tener líderes.
Sobre todo, conserva el derecho a no decidir todavía.
Volvemos al principio
Esta serie comenzó con una pregunta:
¿En quién confiar?
Podríamos terminar respondiendo que debemos confiar en la ciencia, en los expertos o en nuestro propio criterio.
Pero ninguna de esas respuestas es suficiente.
La ciencia puede equivocarse.
Los expertos pueden exceder su campo.
Nuestro criterio puede engañarnos.
Los grupos pueden construir certezas que ninguno de sus miembros podría sostener por separado.
Quizá la confianza más razonable no deba depositarse por completo en una persona ni en una comunidad, sino en los procedimientos que permiten detectar sus errores.
Una afirmación merece más confianza cuando muestra cómo se obtuvo, distingue los datos de su interpretación, acepta controles externos y puede corregirse sin destruir la identidad de quienes la defendían.
El conocimiento no se vuelve más profundo porque sea secreto.
No se vuelve verdadero porque lo sostenga una mayoría.
Tampoco porque solo unos pocos aseguren comprenderlo.
Por eso, cuando una persona o una comunidad afirme haber encontrado una verdad capaz de explicar tu enfermedad, tu historia, tu conciencia o el funcionamiento oculto del universo, puedes escuchar.
Quizá tengan algo importante que decir.
Después puedes dirigirles —y dirigirte— una pregunta sencilla:
¿Cómo lo sabéis?
Para seguir pensando
¿En quién confiar?
Por qué necesitamos delegar parte de nuestro conocimiento y qué señales pueden ayudarnos a elegir mejor nuestras fuentes.
No voy a decirte qué creer
Cómo distinguir entre los datos disponibles, las interpretaciones que construimos y aquello que todavía no sabemos.
Empiezan diciendo algo cierto
Cómo una verdad comprobable puede utilizarse para introducir conclusiones que nunca han sido demostradas.
Fuentes consultadas
Scientific Method — Stanford Encyclopedia of Philosophy — Revisión de los debates sobre el método científico, la comprobación de hipótesis y la falsabilidad.
Reproducibility and Replicability in Science — Informe de las Academias Nacionales de Estados Unidos sobre reproducibilidad, replicación, transparencia y corrección de errores.
Local Realism, Bell’s Inequality, and T-Shirts: An Entangled Tale — Explicación del NIST sobre las predicciones matemáticas de la teoría cuántica y su comprobación experimental mediante las pruebas de Bell.
Where Is Quantum in Your Everyday Life? — Ejemplos del papel verificable de la mecánica cuántica en tecnologías cotidianas.
Analysis of Pseudoscientific Beliefs in Quantum Mechanics of High School Students and Teachers — Investigación sobre creencias pseudocientíficas relacionadas con la física cuántica y la confusión entre sus conceptos científicos y usos populares.