Humanismo Indómito

Un ideario para quienes se niegan a elegir entre ser buenos y ser fuertes

Durante mucho tiempo hemos confundido ser buena persona con ser una persona obediente.

Nos han enseñado a perdonar aunque no estemos preparados, a poner la otra mejilla, a reprimir la rabia, a desconfiar del placer y a sentir culpa cuando anteponemos nuestra propia dignidad. Como si la bondad consistiera en hacerse pequeño para no incomodar a nadie.

Después aparece la reacción contraria.

Personas que, cansadas de sentirse débiles, construyen un personaje invulnerable. Inflan el pecho, se visten de oscuridad, hablan de poder, desprecian la compasión y presentan la crueldad como fortaleza. Pero muchas veces, detrás de toda esa escenografía, continúa escondida la misma persona herida y asustada.

Yo he conocido ambos extremos.

Y no quiero ninguno.

No creo en una espiritualidad que te obligue a arrodillarte. Pero tampoco en una filosofía que necesite pisar a otros para demostrar que está de pie.

No quiero elegir entre la fuerza y la bondad. Quiero una fuerza que no necesite ser cruel y una bondad que no exija ser sumiso.

A eso lo llamo Humanismo Indómito.

Lo llamo humanismo porque ninguna creencia, institución, maestro, causa o experiencia espiritual debería estar por encima de la dignidad humana.

Y lo llamo indómito porque una dignidad incapaz de decir no es solo una palabra bonita.

El Humanismo Indómito no es una religión, una iglesia ni una nueva doctrina que pretenda decirte qué debes pensar. Es un ideario abierto: una manera de relacionarnos con la verdad, con nuestro propio poder y con las personas que nos rodean.

Se fundamenta en nueve principios, organizados alrededor de tres tareas: pensar con libertad, gobernarse a uno mismo y convivir sin someter ni someterse.

I. Pensar con libertad

1. Tu conciencia no se entrega

Nadie debería convertirse en propietario de tu criterio.

Podemos escuchar a científicos, terapeutas, filósofos, maestros espirituales o personas con más experiencia. Necesitamos delegar una parte de nuestro conocimiento porque nadie puede comprobarlo todo por sí mismo. Pero delegar conocimiento no significa entregar la conciencia.

Una autoridad legítima puede explicar cómo ha llegado a sus conclusiones, reconoce aquello que no sabe y permite que sus ideas sean cuestionadas.

Quien necesita que dejes de pensar para poder guiarte no pretende liberarte. Pretende ocupar el espacio que ha dejado tu criterio.

2. La verdad importa más que tener razón

Buscar la verdad exige aceptar que podemos estar equivocados.

Para aproximarnos a ella contamos principalmente con dos herramientas: la observación y la experimentación; el diálogo y el contraste. Ninguna de las dos es perfecta, pero renunciar a ellas nos deja en manos de quien habla más alto, tiene más poder o sabe manipular mejor nuestras emociones.

Que alguien contradiga una idea no significa necesariamente que esté atacando a quien la expone. Y cambiar de opinión ante mejores razones no es una humillación.

La persona que necesita vencer una conversación ya no está buscando la verdad. Está defendiendo su personaje.

3. Toda experiencia merece respeto, pero ninguna interpretación queda exenta de examen

Una meditación, una hipnosis, un ayuno o un ritual pueden transformar profundamente nuestra percepción.

La experiencia es real como experiencia. Lo que debe examinarse es la explicación que construimos alrededor de ella.

Puedo decir: “Esto me ocurrió y cambió algo dentro de mí”. Lo que no puedo hacer automáticamente es concluir: “Por tanto, así funciona el universo y todos deben creerlo”.

La espiritualidad se vuelve peligrosa cuando deja de compartir experiencias y comienza a imponer interpretaciones.

El Humanismo Indómito permite explorar lo desconocido sin convertir cada sensación intensa en una verdad universal.

II. Gobernarse a uno mismo

4. Pertenecerte implica hacerte responsable

Tu cuerpo, tu pensamiento y tu vida te pertenecen.

Tienes derecho a amar, creer, disfrutar, explorar y construir tu propia identidad mientras respetes el consentimiento y la libertad de los demás. Nadie debería obligarte a sentir vergüenza por tu cuerpo ni a pedir perdón por existir.

Pero pertenecerte también significa hacerte responsable de tus decisiones.

La libertad no consiste en obedecer todos los impulsos. Eso también puede ser una forma de esclavitud. Ser libre consiste en elegir conscientemente y aceptar las consecuencias de lo elegido.

Mi libertad no puede depender de convertir a otra persona en prisionera.

5. La sombra debe integrarse, no coronarse

La rabia, la agresividad, la ambición, los celos, el deseo y la capacidad de hacer daño forman parte del ser humano.

Negarlos no nos hace mejores. Solo permite que actúen desde lugares que no controlamos.

Pero reconocer nuestra oscuridad no significa rendirle culto.

No admiro a una persona porque sea incapaz de hacer daño. Quizá solo sea inofensiva. Admiro a quien conoce su fuerza, reconoce de qué sería capaz y decide gobernarse.

La verdadera fortaleza no necesita inflar el pecho, amenazar ni construir un personaje invulnerable. Se demuestra en lo que una persona puede hacer y, aun pudiendo, decide no hacer.

6. La compasión no exige sumisión

Comprender por qué alguien se comporta de determinada manera no obliga a permitirle cualquier comportamiento.

Puedo reconocer la herida de otra persona y, al mismo tiempo, impedir que me hiera. Puedo sentir compasión y marcharme. Puedo amar y decir no.

Tampoco estoy obligado a perdonar antes de estar preparado. El perdón impuesto es otra forma de violencia. A veces llegará y otras veces no. Lo importante es que la persona que nos dañó no continúe gobernando nuestra vida a través del odio.

La bondad sin límites termina alimentando a quienes no los tienen.

Poner un límite no me convierte en mala persona. La manera en que lo pongo sigue siendo mi responsabilidad.

III. Convivir sin someter ni someterse

7. Una libertad que solo sirve al fuerte no es libertad

No quiero ser libre en un mundo de personas arrodilladas.

La libertad no debería ser el premio de quienes poseen más inteligencia, dinero, fuerza o capacidad de manipulación. Una sociedad verdaderamente libre protege especialmente a quienes se encuentran en peor posición para defenderse.

Despreciar a la masa porque puede ser ingenua o manipulable resulta fácil. Lo difícil es ayudar a que piense sin sustituir una obediencia por otra.

No quiero que los demás crean lo mismo que yo. Quiero que sean cada vez más difíciles de engañar.

Mi libertad aumenta cuando estoy rodeado de personas capaces de decidir, preguntar y establecer sus propios límites.

8. La justicia protege; la venganza prolonga la cadena

La compasión no elimina las consecuencias.

Quien hace daño debe ser detenido cuando sea necesario, responder por sus actos y reparar aquello que pueda repararse. Proteger a la víctima es más importante que preservar la comodidad del agresor.

Pero justicia y venganza no son lo mismo.

La justicia intenta detener el daño y restablecer un equilibrio. La venganza necesita que el otro sufra para aliviar momentáneamente nuestro propio sufrimiento.

No poner la otra mejilla no significa convertirse en verdugo.

Puedo defenderme con firmeza sin construir mi identidad alrededor de la persona que me hizo daño.

9. Ninguna persona, comunidad o idea debe volverse incuestionable

Una comunidad sana no necesita fabricar enemigos para permanecer unida. No castiga la duda, no exige uniformidad y no convierte a sus responsables en figuras sagradas.

Si para pertenecer tengo que silenciar lo que veo, esa pertenencia cuesta demasiado.

Lo mismo debe aplicarse al propio Humanismo Indómito. Estos principios no son sagrados. Pueden revisarse, discutirse y mejorarse. La adaptabilidad no es falta de carácter: es negarse a convertir una idea útil en una nueva cárcel.

El día que este ideario no pueda ser cuestionado habrá traicionado su propio nombre.

No quiero seguidores

No quiero fundar una iglesia ni presentarme como maestro de nadie.

No quiero personas que memoricen mis palabras o utilicen este ideario para sentirse superiores. Tampoco quiero que “indómito” se convierta en otro disfraz para gente asustada que necesita aparentar dureza.

Quiero compartir herramientas que ayuden a pensar, experimentar, contrastar, poner límites y recuperar la responsabilidad sobre la propia vida.

Si después de escucharme alguien me necesita más para pensar, probablemente he hecho mal mi trabajo. Si me necesita menos, quizá lo haya hecho bien.

El Humanismo Indómito no pretende fabricar una nueva masa. Pretende contribuir a que cada vez haya menos personas dispuestas a formar parte de una.

No te pide que elijas entre tu luz y tu sombra, entre la razón y la espiritualidad, entre defenderte y conservar la compasión.

Te propone algo más difícil:

Conocer tu fuerza sin convertirla en crueldad.
Conservar tu bondad sin transformarla en sumisión.
Buscar la verdad sin necesitar tener siempre razón.
Y vivir de pie sin obligar a nadie a arrodillarse.

Libertad sin crueldad. Compasión sin sumisión.

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