La conspiranoia como religión
El privilegio de saber lo que otros ignoran
La conspiranoia no solo promete explicarte el mundo.
Te ofrece algo quizá mucho más seductor: un ascenso.
No te dice únicamente que existe una verdad oculta. Te dice que tú has sido capaz de verla. Que mientras los demás siguen dormidos, manipulados o entretenidos, tú has despertado.
Ya no eres uno más.
Ahora perteneces al pequeño grupo de quienes saben lo que realmente está pasando.
Y en ese movimiento, una creencia se convierte en estatus.
No es solo una explicación
Las teorías conspirativas suelen comenzar aprovechando una duda legítima.
Los gobiernos mienten.
Las empresas protegen sus intereses.
Los medios de comunicación pueden equivocarse, seleccionar la información o responder a presiones económicas y políticas.
Las personas poderosas pueden ponerse de acuerdo para ocultar algo.
Las conspiraciones existen. La historia está llena de ellas.
Por tanto, desconfiar no es una enfermedad. A veces es una obligación.
El problema comienza cuando la sospecha deja de ser una herramienta y se convierte en una forma completa de mirar el mundo. Ya no se investiga si una conspiración concreta ha ocurrido. Se parte de que existe una gran verdad oculta y después se reorganiza cualquier dato para que encaje dentro de ella.
La conclusión aparece antes que las pruebas.
A partir de ahí, todo confirma la teoría.
Si una noticia la apoya, es una filtración.
Si la contradice, forma parte del encubrimiento.
Si un experto coincide, por fin alguien se ha atrevido a hablar.
Si discrepa, está comprado.
Si una predicción se cumple, tenían razón.
Si no se cumple, los responsables cambiaron sus planes porque habían sido descubiertos.
La creencia deja de exponerse a la realidad.
Es la realidad la que debe adaptarse a la creencia.
Una religión sin dioses
No toda religión funciona como un sistema cerrado ni toda persona religiosa renuncia a pensar. La comparación no está en creer en Dios, practicar un ritual o buscar un sentido espiritual.
Está en la estructura.
La conspiranoia puede construir una especie de religión sin dioses, pero con casi todos sus elementos.
Tiene una verdad revelada.
Tiene elegidos capaces de comprenderla.
Tiene profetas que interpretan los acontecimientos.
Tiene textos, vídeos y mensajes que circulan como escrituras.
Tiene un enemigo poderoso que actúa desde las sombras.
Tiene una explicación para el sufrimiento.
Tiene una batalla entre quienes han despertado y quienes continúan engañados.
Tiene una promesa de salvación: abrir los ojos antes de que sea demasiado tarde.
También tiene herejes.
Son quienes empiezan a hacer demasiadas preguntas, piden pruebas, señalan contradicciones o abandonan el grupo. Rara vez se acepta que hayan cambiado de opinión por razones legítimas. Se dice que han sido comprados, amenazados, infiltrados o incapaces de soportar la verdad.
Así se protege la doctrina.
Quien cree demuestra que está despierto.
Quien duda demuestra que todavía no ha comprendido.
El conocimiento secreto concede rango
Una creencia conspiranoica no solo responde a la pregunta «¿qué está ocurriendo?».
También responde a otra mucho más personal:
«¿Quién soy yo dentro de este mundo?».
La respuesta resulta poderosa.
Soy alguien que ve.
Soy alguien que no se deja engañar.
Soy más libre que la mayoría.
Soy más valiente que quienes prefieren vivir en la mentira.
Sé algo que los demás ignoran.
Aquí aparece el estatus.
El conocimiento deja de ser una herramienta para comprender la realidad y se convierte en una credencial. No importa únicamente lo que supuestamente sabes, sino el lugar que ese conocimiento te concede frente a los demás.
Los otros son borregos.
Tú investigas.
Los otros obedecen.
Tú cuestionas.
Los otros viven dentro de la mentira.
Tú has salido de la cueva.
La creencia ya no solo describe el mundo. Te coloca por encima de una gran parte de él.
Y cuanto más exclusivo parezca el conocimiento, mayor puede ser la sensación de importancia.
Una verdad conocida por todo el mundo no distingue a nadie. Una verdad que supuestamente solo comprenden unos pocos convierte a esos pocos en especiales.
Por eso el secreto tiene tanto valor.
No necesariamente porque esté mejor demostrado, sino porque concede rango.
La escalera de la iniciación
Estos sistemas suelen tener niveles.
Al principio aparece una afirmación razonable: hay intereses económicos, existe propaganda, una institución ha mentido o una versión oficial contiene contradicciones.
Hasta ahí, la duda puede ser perfectamente sensata.
Después aparece una explicación más amplia.
Nada ocurrió por casualidad.
Todo estaba planeado.
Las instituciones están coordinadas.
Las pruebas que faltan han sido destruidas.
Quienes lo niegan forman parte del sistema.
Cada nueva aceptación permite acceder a una capa más profunda de la historia. Y cuanto más se avanza, más difícil resulta regresar.
Dentro del grupo tampoco basta siempre con saber lo mismo que los demás. Para destacar puede ser necesario descubrir una conspiración todavía más oculta, identificar un nuevo símbolo o encontrar otra conexión que nadie había visto.
La lógica empuja hacia la radicalización.
Si todos en el grupo conocen el primer secreto, ese secreto ya no concede demasiado estatus. Hay que encontrar la capa que se esconde detrás de la capa.
El iniciado acaba necesitando sentirse más iniciado que los demás.
La búsqueda de la verdad se convierte en una competición por ocupar el lugar de quien ha visto más lejos.
La exclusividad también necesita conversos
A primera vista puede parecer contradictorio.
Si el estatus procede de pertenecer al pequeño grupo que conoce la verdad, ¿por qué intentar que otras personas también la descubran?
Porque la exclusividad necesita testigos.
Quien guarda una supuesta verdad para sí puede sentirse especial. Pero quien consigue que otra persona la acepte obtiene algo todavía más poderoso: confirmación.
«No soy yo quien está interpretando demasiado. Él también lo ha visto».
Cada nuevo convencido funciona como un refrendo. No aporta necesariamente una prueba independiente, pero consigue que la creencia parezca menos personal y más verdadera.
Por eso tantean.
No comienzan explicando la teoría completa. Lanzan una pregunta, enseñan un vídeo o señalan una coincidencia para comprobar cómo responde la otra persona.
«¿Tú de verdad crees que nos cuentan todo?».
«¿No te parece demasiada casualidad?».
«Investiga esto por tu cuenta y después hablamos».
El primer paso suele ser fácil de aceptar porque parte de una sospecha razonable. Nadie sensato cree que los gobiernos, las empresas o los medios cuentan siempre toda la verdad.
Si la persona se muestra receptiva, aparece la siguiente capa.
Después otra.
Hasta que la duda inicial termina conectada con una explicación capaz de abarcarlo todo.
El tanteo tiene dos posibles resultados y ambos protegen la creencia.
Si la persona acepta, demuestra que también está despertando. Se convierte en uno de los pocos capaces de comprender y pasa a formar parte del grupo.
Si no acepta, significa que todavía duerme, que no está preparada o que continúa demasiado condicionada por el sistema.
Nunca se contempla una tercera posibilidad: que haya entendido perfectamente la teoría y, aun así, no encuentre razones suficientes para creerla.
El sí aporta un nuevo testigo.
El no confirma que la mayoría sigue dormida.
Además, quien consigue convencer a otra persona aumenta su propio estatus. Ya no es únicamente alguien que ha despertado. Ahora también es alguien capaz de despertar a otros.
La conversión se convierte en una prueba de autoridad.
Es un mecanismo parecido al de determinados grupos sectarios. No se presenta toda la doctrina desde el principio. Se comprueba la receptividad, se premian las primeras adhesiones y se ofrece progresivamente una nueva identidad.
«Sabía que tú podías verlo».
«No todo el mundo está preparado para entenderlo».
«Ahora ya no puedes volver a mirar el mundo de la misma manera».
Quien realiza este proceso no tiene por qué estar manipulando conscientemente. Puede creer de verdad que está ayudando a los demás. Precisamente por eso el mecanismo resulta tan eficaz.
No siente que esté buscando personas que le den la razón.
Siente que está rescatando a unos pocos elegidos.
Y esos nuevos elegidos, una vez dentro, podrán salir a buscar a los siguientes.
La exclusividad no desaparece cuando el grupo crece. Se reproduce.
Siempre quedan los dormidos y los despiertos.
Y, entre los despiertos, quienes creen haber llegado antes, haber visto más lejos o haber conseguido abrirles los ojos a los demás.
Una idea que no puede perder
Una afirmación seria debe correr algún riesgo.
Debe existir alguna observación capaz de demostrar que estaba equivocada, que era incompleta o que necesitaba ser corregida.
La conspiranoia suele funcionar de otra manera.
No puede perder.
Cualquier prueba contraria se transforma en una demostración del poder de la conspiración. Cuanto menos visible sea el supuesto plan, mejor ejecutado debe de estar. Cuantas menos evidencias aparezcan, mayor parece la capacidad de sus responsables para borrarlas.
La ausencia de pruebas termina convertida en una prueba.
El tanteo a otras personas funciona con la misma lógica.
Si aceptan, la teoría gana un nuevo refrendo.
Si no aceptan, demuestran que siguen dormidas.
No existe una respuesta capaz de cuestionar la creencia de quien está realizando el tanteo.
Este mecanismo hace que la teoría parezca indestructible, pero no porque sea necesariamente cierta. Es indestructible porque ha sido construida para no entrar nunca en peligro.
No puede ser comprobada desde fuera.
No acepta autoridades independientes.
No define qué podría demostrar que es falsa.
No reconoce un resultado que la obligue a rectificar.
Solo permite dos posiciones: aceptarla o seguir engañado.
Por eso se parece más a una doctrina cerrada que a una investigación.
Investigar consiste en hacer preguntas cuya respuesta todavía desconocemos.
La conspiranoia suele consistir en buscar materiales que confirmen una respuesta que ya hemos elegido.
Dudar tiene un precio
Cuando una creencia te ha concedido identidad, comunidad y estatus, abandonarla cuesta mucho más que reconocer un simple error.
No pierdes únicamente una opinión.
Puedes perder a tus amigos.
Puedes perder la sensación de formar parte de una misión.
Puedes dejar de sentirte uno de los pocos que comprenden el mundo.
Puedes volver a ocupar el lugar incómodo de quien no sabe.
Por eso algunas personas defienden estas creencias con tanta intensidad. No siempre están protegiendo una explicación. A veces están protegiendo el lugar que esa explicación les ha dado.
Aceptar una contradicción puede significar descender en la jerarquía.
Volver a ser uno más.
Admitir que aquellas personas a las que llamabas dormidas quizá no eran tan ingenuas.
Reconocer que tú también puedes ser manipulado.
Y esta última posibilidad resulta especialmente dolorosa cuando toda tu identidad se ha construido alrededor de la idea de que a ti no te engañan.
Conspiración y conspiranoia no son lo mismo
Negarse a creer cualquier conspiración sería tan poco crítico como creerlas todas.
Una conspiración real puede investigarse.
Tiene participantes concretos.
Tiene acciones identificables.
Deja documentos, movimientos económicos, comunicaciones, testimonios o consecuencias que pueden examinarse.
Las pruebas pueden proceder de fuentes distintas.
Las afirmaciones pueden corregirse.
Existen límites claros sobre aquello que conocemos y aquello que todavía estamos intentando averiguar.
La conspiranoia, en cambio, tiende a crear un enemigo capaz de controlarlo todo y, al mismo tiempo, lo bastante torpe como para dejar pistas ocultas en cada logotipo, gesto, película o matrícula.
No intenta averiguar si algo sucedió.
Necesita que haya sucedido.
Porque si la gran conspiración desaparece, también puede desaparecer la identidad construida alrededor de haberla descubierto.
El pensamiento crítico no consiste en confiar siempre en las instituciones.
Tampoco consiste en llevarles siempre la contraria.
Consiste en aplicar un criterio parecido tanto a las versiones oficiales como a las alternativas.
Pedir pruebas.
Separar hechos de interpretaciones.
Comprobar las fuentes.
Reconocer lo que todavía no sabemos.
Y estar dispuesto a corregirse.
La pregunta más incómoda
Cuando una explicación secreta llegue hasta ti, puedes hacerte varias preguntas.
¿Qué se afirma exactamente?
¿Qué pruebas independientes sostienen esa afirmación?
¿Qué tendría que ocurrir para demostrar que es falsa?
¿La fuente reconoce alguna vez sus errores o convierte cada fallo en una excusa nueva?
¿Estoy intentando comprender algo o únicamente reunir argumentos para confirmar lo que ya creo?
¿Estoy compartiendo esta información para contrastarla o buscando que otra persona me dé la razón?
¿Aceptaría que esa persona comprendiera perfectamente mis argumentos y, aun así, no llegara a mi misma conclusión?
¿Esta idea me ayuda a pensar mejor o me permite sentirme superior a quienes no la comparten?
La última pregunta puede ser la más importante.
Porque todos queremos sentir que vemos algo que otros no ven. Todos podemos disfrutar de la sensación de ser más despiertos, más libres o más difíciles de manipular que los demás.
Precisamente por eso conviene desconfiar también de nosotros mismos.
No solo de los gobiernos.
No solo de los medios.
No solo de los expertos.
También de esa parte de nosotros que confunde descubrir una verdad con recibir una categoría superior.
El conocimiento no se vuelve más verdadero porque sea secreto.
Tampoco porque otra persona acepte nuestra interpretación.
Ni porque consigamos reunir un grupo que la repita.
Si una creencia necesita colocarte por encima de los demás para conservar su fuerza, quizá no estés defendiendo una verdad.
Quizá estés defendiendo el lugar que esa verdad te ha concedido.
No quiero que me creas.
Quiero que pienses.
Y cuando una idea te haga sentir parte de los pocos que han despertado, pregúntate:
Si esta creencia no me hiciera sentir especial, ¿seguiría pareciéndome igual de cierta?
Fuentes de referencia
The Psychology of Conspiracy Theories — Karen M. Douglas, Robbie M. Sutton y Aleksandra Cichocka (2017)
Revisión de los motivos que favorecen las creencias conspirativas: la necesidad de comprender lo que ocurre, recuperar sensación de control y proteger una imagen positiva de uno mismo o del grupo.
“I Know Things They Don’t Know!”: The Role of Need for Uniqueness in Belief in Conspiracy Theories — Anthony Lantian, Dominique Muller, Cécile Nurra y Karen M. Douglas (2017)
Investigación sobre la relación entre las creencias conspirativas, la necesidad de sentirse diferente y la sensación de poseer información que los demás desconocen.
Too Special to Be Duped: Need for Uniqueness Motivates Conspiracy Beliefs — Roland Imhoff y Pia Lamberty (2017)
Estudio que analiza cómo la necesidad de singularidad puede aumentar la atracción por explicaciones conspirativas, especialmente cuando se presentan como conocimientos compartidos únicamente por una minoría.
Handbook of Conspiracy Theory and Contemporary Religion — Asbjørn Dyrendal, David G. Robertson y Egil Asprem, editores (2018)
Obra colectiva sobre las relaciones entre conspiracionismo y religión: verdades reveladas, enemigos ocultos, autoridades alternativas, relatos de salvación y división entre iniciados y personas que todavía no han despertado.
A Culture of Conspiracy: Apocalyptic Visions in Contemporary America — Michael Barkun (2013)
Análisis del llamado conocimiento estigmatizado y de la forma en que diferentes teorías marginales pueden conectarse hasta construir una visión completa y cerrada del mundo.
Of Conspiracy Theories — Brian L. Keeley (1999)
Estudio filosófico sobre la diferencia entre conspiraciones reales y teorías conspirativas injustificadas, así como sobre los mecanismos que permiten proteger una explicación frente a las pruebas contrarias.
The Conspiracy Theory Handbook — Stephan Lewandowsky y John Cook (2020)
Manual sobre los principales rasgos del pensamiento conspirativo: sospecha permanente, reinterpretación de las contradicciones, inmunidad frente a las pruebas y búsqueda de patrones o intenciones ocultas.