No voy a decirte qué creer

Si has llegado hasta aquí esperando que te diga qué debes creer, probablemente voy a decepcionarte.

No porque no tenga opiniones. Las tengo. Algunas bastante claras.

Tampoco porque considere que todas las ideas son igualmente válidas. No lo son. Hay afirmaciones sostenidas por muchas pruebas, otras que apenas se apoyan en una experiencia personal y algunas que directamente se contradicen con todo lo que sabemos.

Pero una cosa es defender una idea y otra muy distinta pedirte que la aceptes porque yo la defiendo.

Este blog no nace para sustituir las creencias de otras personas por las mías. Si consigo que abandones una autoridad para convertirte en dependiente de otra, no habremos avanzado demasiado.

Solo habremos cambiado el nombre de la persona que piensa por ti.

Yo también he cambiado de opinión

Durante años fui un ateo bastante duro.

No me limitaba a no creer. Miraba muchas formas de espiritualidad con una mezcla de desconfianza y superioridad. Algunas críticas estaban justificadas. Otras procedían de la misma rigidez que yo señalaba en los creyentes.

Después atravesé una crisis personal que me obligó a revisar muchas cosas.

Empecé a acercarme a la espiritualidad, pero no quería hacerlo renunciando a las preguntas. Tampoco quería pasar de rechazarlo todo a creerlo todo. Que una idea me emocionara, me consolara o me ayudara a interpretar un momento difícil no demostraba automáticamente que fuera verdadera.

Mi experiencia había cambiado.

La realidad no tenía la obligación de cambiar con ella.

Esto continúa siendo importante para mí. Puedo reconocer que un ritual produce un efecto psicológico sin afirmar que el universo haya respondido. Puedo aceptar que una experiencia fue significativa sin convertir mi interpretación en una ley universal.

Y puedo vivir de acuerdo con una creencia al mismo tiempo que admito que podría estar equivocado.

No considero que eso debilite la espiritualidad.

Creo que la hace más honesta.

No importa solamente la conclusión

Imagina a dos personas que llegan a la misma conclusión.

Las dos creen que alguien intenta manipularlas.

La primera ha observado comportamientos repetidos: cada vez tiene menos libertad, se castigan sus preguntas, se la aleja de otras opiniones y acaba necesitando permiso para tomar decisiones.

La segunda cree que está siendo manipulada porque una persona le ha dicho que puede percibirlo en su energía.

La conclusión puede ser la misma.

El recorrido no lo es.

También puede ocurrir al contrario. Dos personas pueden partir de los mismos datos y llegar a conclusiones diferentes. Eso no significa necesariamente que una de ellas sea estúpida o esté actuando de mala fe. Quizá están interpretando los datos de otra manera, concediendo distinto peso a cada prueba o partiendo de experiencias previas diferentes.

Por eso la conclusión no basta para evaluar la calidad de un razonamiento.

Una persona puede acertar por casualidad.

Puede equivocarse después de haber razonado honestamente.

Puede descubrir algo verdadero utilizando un método que, aplicado cien veces más, produciría noventa y nueve errores.

Acertar no siempre demuestra que se haya pensado bien.

De la misma manera, equivocarse no convierte todo el recorrido en inútil. Podemos tomar una decisión razonable con la información disponible y descubrir después que era incorrecta.

Pensar bien no garantiza acertar siempre.

Aumenta nuestras posibilidades y, sobre todo, nos permite revisar lo que hacemos cuando aparecen nuevos datos.

La pregunta no es solo si algo es verdad

Ante una afirmación solemos preguntarnos:

«¿Es verdad?»

Parece una buena pregunta, pero muchas veces llega demasiado pronto. Antes necesitamos saber de qué estamos hablando, qué parte hemos observado y qué parte estamos interpretando.

Por eso quiero introducir otra pregunta:

«¿Cómo sabes que es verdad?»

No es una forma elegante de llamar mentirosa a una persona. Tampoco es un desafío que debamos lanzar con arrogancia cada vez que alguien nos cuenta algo.

Es una invitación a mirar el camino.

Puede que alguien lo sepa porque lo ha observado.

Puede que lo haya leído en una investigación.

Puede que confíe en el testimonio de otra persona.

Puede que lo haya sentido durante una experiencia especialmente intensa.

O puede que simplemente lo haya escuchado tantas veces que ya no recuerda cuándo decidió creerlo.

No todas esas fuentes tienen el mismo valor para cualquier afirmación.

Una experiencia personal puede ser suficiente para decir «esto me ayudó». No necesariamente para afirmar «esto funciona para todo el mundo».

Una intuición puede advertirte de que algo no encaja. No demuestra por sí sola qué está ocurriendo.

El testimonio de una persona merece ser escuchado. Eso no significa que todas sus interpretaciones sean exactas.

El problema comienza cuando confundimos la experiencia con la explicación de la experiencia.

El dato y la historia que construimos

Alguien no respondió a tu mensaje.

Ese es el dato.

«No le importo», «está enfadado», «intenta castigarme» o «está ocupado» son posibles interpretaciones.

Alguna podría ser correcta. Pero todavía no lo sabemos.

Esto ocurre continuamente. Nuestro cerebro no recibe datos y los guarda en una caja esperando pacientemente. Los organiza, los relaciona y construye una historia que les da sentido.

No podemos evitar interpretar. Lo necesitamos para vivir.

El problema no es tener una interpretación.

El problema es olvidar que lo es.

Cuando una interpretación se presenta como un hecho, dejamos de comprobarla. Empezamos a seleccionar lo que encaja con ella y a ignorar lo que podría cuestionarla.

Entonces la historia deja de ayudarnos a entender la realidad y comienza a protegerse de la realidad.

Por eso intentaremos separar siempre tres cosas:

  • Lo que sabemos.

  • Lo que interpretamos.

  • Lo que todavía no sabemos.

Parece sencillo.

No lo es.

Pero aprender a distinguirlas cambia muchas cosas.

Sistemas abiertos y sistemas cerrados

A menudo se presenta el conflicto como una lucha entre ciencia y espiritualidad.

No creo que ese sea el verdadero conflicto.

Una persona puede ser profundamente espiritual y conservar su capacidad de hacerse preguntas. También puede declararse completamente científica y repetir ideas que nunca ha comprobado porque proceden de una autoridad con la que está de acuerdo.

La diferencia más importante no está necesariamente en la conclusión.

Está en la relación que mantenemos con ella.

Un sistema abierto admite preguntas. Puede explicar en qué se apoya, reconoce sus límites y acepta la posibilidad de corregirse.

Un sistema cerrado convierte cualquier objeción en una confirmación.

Si estás de acuerdo, demuestra que has comprendido.

Si no estás de acuerdo, demuestra que todavía no estás preparado.

Si el método funciona, queda validado.

Si no funciona, la culpa es tuya, de tu falta de fe, de tu energía, de tu resistencia o de cualquier elemento que permita mantener intacta la explicación.

Una idea que nunca puede perder tampoco puede demostrar realmente que ha ganado.

No porque sea necesariamente falsa, sino porque hemos eliminado cualquier posibilidad de comprobarlo.

Cinco preguntas para examinar una creencia

No necesitamos someter cada pensamiento cotidiano a un interrogatorio de tres horas. La vida sería imposible.

Pero cuando una creencia empieza a dirigir decisiones importantes, merece una atención mayor.

Estas cinco preguntas pueden ayudarnos:

1. ¿Qué parte es un dato y qué parte es mi interpretación?

Intenta describir lo ocurrido sin explicar todavía por qué ocurrió.

Cuanto más difícil resulte separar ambas cosas, más necesario puede ser hacerlo.

2. ¿De dónde procede esta idea?

¿La has observado? ¿La has leído? ¿Te la contó alguien? ¿Llegaste a ella durante una experiencia emocionalmente intensa?

Conocer el origen no decide automáticamente si una idea es verdadera, pero permite evaluarla mejor.

3. ¿Qué otras explicaciones podrían encajar?

Buscar alternativas no significa negar tu primera interpretación. Significa comprobar si es la única posible o simplemente la primera que apareció.

4. ¿Qué podría hacerme cambiar de opinión?

Si la respuesta es «nada», ya no estamos investigando.

Estamos defendiendo una identidad.

5. ¿Necesito que esto sea verdad?

Esta es especialmente incómoda.

Una idea puede ofrecernos esperanza, pertenencia, tranquilidad o una explicación para algo doloroso. Eso no la convierte en falsa, pero sí nos da una razón para examinarla con más cuidado.

Cuanto más necesitamos creer algo, más difícil puede resultarnos observarlo con distancia.

Pensar críticamente no es desconfiar de todo

El pensamiento crítico también puede convertirse en una pose.

Hay personas que se sienten inteligentes porque cuestionan cualquier cosa aceptada. Rechazan una explicación simplemente porque es oficial y aceptan otra porque parece prohibida, secreta o rebelde.

Pero llevar la contraria no es pensar.

Es reaccionar en dirección opuesta.

No todas las versiones merecen exactamente el mismo peso. Mantener la mente abierta no significa colocar una investigación de veinte años y un vídeo de cuarenta segundos en el mismo nivel.

Tampoco significa vivir paralizado hasta alcanzar una certeza absoluta.

La certeza total casi nunca está disponible. Tenemos que tomar decisiones con información incompleta, aceptar márgenes de error y corregir cuando sea necesario.

Pensar críticamente no consiste en no creer nada.

Consiste en ajustar la fuerza de nuestras creencias a la calidad de las razones que tenemos.

No quiero que pienses como yo

Es posible que a lo largo de este blog estemos de acuerdo muchas veces.

También espero que haya momentos en los que no lo estemos.

El desacuerdo no significa necesariamente que uno de los dos haya fracasado. Puede obligarnos a revisar una idea, buscar mejores argumentos o reconocer que estamos hablando desde experiencias diferentes.

Me preocuparía más que acabaras aceptando automáticamente todo lo que escribo.

No quiero enseñarte una lista de conclusiones correctas. Quiero que podamos observar juntos cómo se construyen, qué las sostiene y qué ocurre cuando las ponemos a prueba.

A veces una creencia sobrevivirá a las preguntas.

Otras veces tendremos que modificarla.

Y algunas se caerán completamente.

No pasa nada.

Cambiar de opinión no siempre es una derrota. Puede ser la consecuencia de haber aprendido algo que antes no sabíamos.

Por eso no voy a decirte qué creer.

Voy a preguntarte cómo has llegado a creerlo.

Qué pruebas tienes.

Qué parte has observado.

Qué parte has interpretado.

Y qué necesitarías descubrir para reconocer que quizá estabas equivocado.

Yo intentaré hacer lo mismo con mis propias ideas.

Porque si las preguntas solo sirven para examinar las creencias de los demás, no estamos desarrollando pensamiento crítico.

Estamos buscando una manera más sofisticada de seguir teniendo razón.

¿Qué idea defenderías de otra manera si tuvieras que explicar no por qué te gusta, sino cómo sabes que es verdad?

Para seguir pensando

  • ¿En quién confiar? Cómo distinguir una ayuda sincera de una relación que reduce progresivamente tu criterio.

  • No soportamos no saber. Por qué la incertidumbre puede hacernos aceptar respuestas que nunca habríamos aceptado en otro momento.

  • Creer no es el problema. La posibilidad de mantener una vida espiritual sin renunciar a las preguntas.

Fuentes consultadas

  • Epistemology, Stanford Encyclopedia of Philosophy. Introducción al estudio del conocimiento, las creencias justificadas, sus fuentes y sus límites.

  • Social Epistemology, Stanford Encyclopedia of Philosophy. Análisis de cómo buscamos la verdad con ayuda de otras personas, grupos e instituciones.

  • How Science Works, Universidad de California, Berkeley. Explicación del conocimiento científico como un proceso abierto de contraste y revisión.

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