No soportamos no saber
Hay momentos en los que casi preferimos recibir una mala noticia a continuar esperando.
Quieres saber si esa persona va a volver.
Si el tratamiento funcionará.
Si vas a conservar tu trabajo.
Si has tomado la decisión correcta.
Mientras no hay una respuesta, todo continúa abierto. Y cuando todo está abierto, también lo están todas las posibilidades, incluidas las peores.
No saber deja un espacio vacío.
Y nuestra mente tiene bastante poca paciencia con los espacios vacíos.
Empieza a llenarlos con hipótesis, conversaciones imaginarias, señales, recuerdos y posibilidades. Buscamos información, repasamos lo ocurrido y tratamos de anticipar lo que vendrá.
A veces estamos buscando una respuesta.
Otras veces solo estamos buscando dejar de sentir incertidumbre.
No es exactamente lo mismo.
El silencio nunca permanece vacío
Alguien no responde a tu mensaje.
Ese es el dato.
Pero el silencio dura unas horas y empieza a llenarse de significado.
«Está enfadado».
«Ya no le importo».
«Lo está haciendo para castigarme».
«Ha conocido a otra persona».
«Le ha ocurrido algo».
Cuanto más importante es esa persona para ti, más difícil resulta dejar el silencio simplemente como silencio.
La incertidumbre se convierte en una fábrica de explicaciones.
No porque seas especialmente inseguro ni porque tengas una capacidad sobrenatural para percibir lo que ocurre. Tu mente está intentando anticiparse a una posible amenaza.
El problema es que una explicación puede disminuir la incertidumbre sin acercarnos a la verdad.
Sentir que algo tiene sentido no demuestra que lo hayamos entendido.
Solo demuestra que hemos conseguido construir una historia capaz de ordenar, al menos provisionalmente, lo que no sabíamos.
No todos toleramos igual la incertidumbre
Hay personas capaces de convivir bastante bien con una situación abierta.
Pueden esperar, observar y reconocer que todavía no tienen información suficiente.
Otras necesitan resolverla cuanto antes. La duda les produce tanta incomodidad que cualquier respuesta empieza a parecer preferible a seguir sin saber.
También podemos tolerar bien la incertidumbre en algunas áreas y muy mal en otras.
Quizá no te preocupe demasiado no saber qué ocurrirá con un proyecto profesional, pero te resulte insoportable no saber qué siente tu pareja.
O puedas convivir con dudas espirituales y, sin embargo, necesites una seguridad absoluta sobre tu salud.
No existe una única forma de relacionarnos con lo desconocido. Depende de nuestra historia, del momento y de cuánto sintamos que está en juego.
El problema aparece cuando la necesidad de cerrar una situación se vuelve más importante que la calidad de la respuesta.
Entonces dejamos de preguntarnos si una explicación es buena.
Nos basta con que termine con la incomodidad.
Preocuparse puede parecer una forma de trabajar
Cuando algo nos preocupa, pensamos una y otra vez en ello.
Repasamos todas las posibilidades. Imaginamos conversaciones, buscamos señales y volvemos a analizar los mismos detalles.
Esto produce una sensación extraña de actividad.
Parece que estamos haciendo algo.
Si pienso suficiente, quizá descubra la respuesta.
Si repaso de nuevo la conversación, quizá encuentre la frase que lo explica todo.
Si consulto otra opinión, otra lectura o a otra persona, quizá consiga finalmente estar seguro.
Pero pensar mucho no siempre significa pensar mejor.
Hay un momento en el que dejamos de obtener información y empezamos a mover las mismas piezas de sitio.
La preocupación puede hacernos sentir que estamos preparándonos para el futuro cuando, en realidad, estamos intentando controlar mentalmente algo que todavía no podemos controlar en la realidad.
No es fácil detenerse porque abandonar la preocupación puede sentirse como bajar la guardia.
Como si dejar de pensar en el problema aumentara las posibilidades de que ocurra algo malo.
Pero preocuparte durante seis horas no te proporciona necesariamente seis horas de información.
A veces solo te proporciona seis horas de preocupación.
Una respuesta falsa también puede tranquilizar
Este es uno de los motivos por los que algunas explicaciones resultan tan seductoras.
No necesitan ser especialmente sólidas.
Necesitan cerrar la historia.
Si alguien te asegura que tu pareja volverá, durante un rato disminuye la angustia.
Si una persona afirma que todo lo que te sucede forma parte de un plan, el caos empieza a parecer ordenado.
Si un grupo te explica quiénes son los buenos, quiénes son los enemigos y cuál es tu misión, ya no tienes que enfrentarte a un mundo lleno de matices.
Puedes saber quién eres.
Dónde debes estar.
Qué debes pensar.
Y de quién debes desconfiar.
La certeza produce alivio. Pero el alivio no demuestra que la explicación sea verdadera.
Una mentira tranquilizadora puede sentirse mejor que una verdad incompleta.
También puede sentirse mejor que un «no lo sé».
Por eso las respuestas absolutas tienen tanto poder. No solo ofrecen conocimiento. Ofrecen descanso.
El problema es que, cuando compramos una respuesta principalmente por la tranquilidad que produce, podemos dejar de comprobar lo que estamos comprando.
La certeza también se vende
Existen personas capaces de utilizar muy bien nuestra necesidad de saber.
No venden solamente una terapia, una predicción, un curso o una creencia.
Venden el final de la incertidumbre.
Te aseguran que conocen la verdadera causa de tu problema. Que pueden decirte qué ocurrirá. Que han descubierto lo que los demás todavía no comprenden.
Además, suelen tener una explicación para cualquier resultado.
Si ocurre lo anunciado, el método funciona.
Si no ocurre, todavía no era el momento.
No creíste lo suficiente.
Tuviste miedo.
Tu energía bloqueó el proceso.
Alguien interfirió.
La interpretación puede cambiar tantas veces como sea necesario, pero la conclusión permanece protegida.
Esto no significa que cualquier persona segura esté manipulándote. Hay profesionales que hablan con firmeza porque conocen bien su trabajo. También existen situaciones en las que las pruebas permiten alcanzar conclusiones bastante sólidas.
El problema no es la seguridad.
El problema es una seguridad que no puede explicar sus límites, que no acepta preguntas y que nunca reconoce la posibilidad de estar equivocada.
Conviene prestar especial atención cuando alguien te ofrece certeza precisamente en un lugar donde nadie puede tenerla.
El misterio no demuestra cualquier explicación
Hay cosas que todavía no comprendemos.
Quizá algunas las comprendamos en el futuro.
Otras pueden continuar abiertas durante mucho tiempo.
Pero que no tengamos una explicación no convierte automáticamente en válida cualquier explicación disponible.
«La ciencia todavía no lo explica» puede ser una afirmación correcta.
Lo que no demuestra es que, por tanto, lo expliquen la energía, una conspiración, una vida anterior o la teoría que alguien acaba de presentarte.
Un espacio vacío continúa vacío hasta que encontramos razones suficientes para llenarlo.
Esto también se aplica a la espiritualidad.
Podemos reconocer el misterio sin utilizarlo como un cheque en blanco.
Podemos vivir una experiencia intensa, concederle valor y aceptar que desconocemos parte de lo ocurrido.
No saber no le quita necesariamente profundidad a una experiencia.
A veces evita que la deformemos para convertirla en algo que podemos explicar demasiado pronto.
Decir «no lo sé» no es rendirse
Nos han enseñado a asociar la autoridad con las respuestas.
El profesor sabe.
El experto sabe.
El terapeuta sabe.
El líder sabe.
Por eso puede resultar decepcionante que una persona preparada responda: «No lo sé».
Pero una respuesta honesta no se vuelve peor porque sea incompleta.
En ocasiones, «no lo sé» es la respuesta más rigurosa disponible.
Puede ir acompañada de algo más:
No lo sé todavía.
No lo sé con la información que tenemos.
No puedo asegurarlo, pero estas son las posibilidades.
No conozco la respuesta, aunque sí podemos decidir qué hacer mientras tanto.
Reconocer la incertidumbre no significa quedarse paralizado.
Significa no fingir que poseemos una certeza que no tenemos.
Tres tipos de incertidumbre
No toda incertidumbre necesita la misma respuesta.
1. La que puede reducirse
Hay cosas que no sabemos porque todavía no hemos buscado la información.
Podemos preguntar, comprobar, consultar una fuente fiable o esperar un resultado.
Aquí la incertidumbre puede impulsarnos a investigar.
La solución no es aceptar que nunca sabremos nada. Es buscar de una manera razonable.
2. La que todavía no puede resolverse
Quizá la respuesta llegará, pero no está disponible ahora.
No sabes si te contratarán, si alguien cambiará de opinión o cómo evolucionará una situación.
Puedes prepararte para diferentes posibilidades. Lo que no puedes hacer es obligar al futuro a darte hoy una respuesta.
Aquí necesitamos aprender a esperar sin convertir cada detalle en una señal.
3. La que forma parte de la vida
Nunca tendrás la seguridad absoluta de que una relación durará, de que una decisión saldrá bien o de que ninguna desgracia ocurrirá.
Podemos reducir riesgos.
No podemos eliminar toda posibilidad de dolor.
Exigir una garantía absoluta antes de vivir conduce fácilmente a no vivir nada.
Decidir sin estar completamente seguro
Muchas decisiones importantes se toman con información incompleta.
No necesitamos certeza absoluta.
Necesitamos información suficiente, un criterio razonable y la posibilidad de corregir.
Podemos preguntarnos:
¿Qué sabemos realmente?
¿Qué podemos comprobar?
¿Qué parte no depende de nosotros?
¿Qué decisión sería razonable con la información disponible?
¿Cuándo revisaremos esa decisión si aparecen nuevos datos?
Esto cambia el objetivo.
Ya no intentamos controlar todo el futuro.
Intentamos responder de la mejor manera posible desde el presente.
Una decisión no es necesariamente mala porque después ocurra algo que no podíamos prever. Solo podemos evaluar honestamente la información que teníamos, las alternativas disponibles y la manera en que las utilizamos.
Esperar a estar completamente seguros puede parecer prudencia.
A veces solo es miedo vestido de prudencia.
Aprender a dejar una pregunta abierta
Tolerar la incertidumbre no significa disfrutar de ella.
Tampoco consiste en dejar de buscar respuestas o aceptar pasivamente cualquier situación.
Consiste en reconocer el momento en que ya no estamos investigando, sino intentando escapar de la incomodidad.
Quizá no necesitas consultar una quinta opinión.
Quizá no necesitas interpretar otro sueño.
Quizá no necesitas enviar otro mensaje.
Quizá la respuesta no está disponible todavía.
Dejar una pregunta abierta puede ser una forma de disciplina.
Significa impedir que la necesidad de alivio elija una explicación por nosotros.
Podemos decir:
No lo sé.
Me gustaría saberlo.
Seguiré atento.
Pero no voy a inventar una certeza para sentirme mejor.
Hay algo profundamente incómodo en esa posición.
También hay algo profundamente libre.
Quien necesita una respuesta inmediata puede acabar dependiendo de la primera persona que se la ofrezca.
Quien es capaz de convivir durante un tiempo con el «no sé» puede elegir con más cuidado qué respuestas merece aceptar.
La madurez no consiste en tener una explicación para todo.
Tal vez consista en reconocer dónde termina nuestro conocimiento sin sentir que nosotros terminamos con él.
¿Qué explicación continúas sosteniendo no porque tengas pruebas suficientes, sino porque la alternativa de decir «no lo sé» te resulta insoportable?
Para seguir pensando
No voy a decirte qué creer. La diferencia entre defender una conclusión y comprender cómo hemos llegado hasta ella.
Los rituales funcionan. Por qué pueden calmarnos y devolvernos sensación de control sin demostrar que estén modificando la realidad.
La inteligencia no inmuniza. Por qué ser inteligente no evita que creamos cosas falsas.
Fuentes consultadas
Into the Unknown, R. Nicholas Carleton. Revisión de los modelos psicológicos relacionados con el miedo a lo desconocido y la intolerancia a la incertidumbre.
From Uncertainty to Anxiety, Y. Gu y colaboradores. Revisión sobre los procesos mediante los que la incertidumbre puede convertirse en ansiedad.
Towards a Model of Uncertainty Distress, Mark Freeston y colaboradores. Propuesta para comprender las diferencias entre la incertidumbre normal y el malestar producido por no poder tolerarla.
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Descripción: No saber puede resultar tan incómodo que aceptemos cualquier explicación con tal de recuperar la sensación de control. Así influye la incertidumbre en nuestras creencias y decisiones.